No hay que olvidar este hecho, cuando se escucha el discurso apresurado de que el mundo debe volver a la “normalidad”. Esa “normalidad”, como lo anticipó alguna vez el filósofo alemán Walter Benjamín, había sido para los oprimidos un permanente Estado de excepción. La situación se complicaba cuando la tecnología subrayaba que muchas personas ya eran innecesarias.

La velocidad de los sucesos ha evidenciado que ya no se trata de resolver un problema de salubridad. Lo que colapsa es un sistema económico que había olvidado las demandas que plantea la viabilidad de la vida humana en el planeta. En una progresión imparable, muchos países han mostrado que son incapaces de sostener una emergencia sanitaria que podría haber sido peor. De hecho, los Estados Unidos encabeza la lista de los países más afectados por el virus.

Pero la búsqueda de nuevos horizontes para una época tan dramática como la nuestra —época de crisis final como pensaba Koselleck— supone alcanzar una visión más comprehensiva del Universo. Vislumbrar el futuro, demanda levantarse de la abyección espiritual que nos ataba al suelo del egoísmo depredador que era la culminación del individualismo. Se hace imprescindible identificar la urdimbre de la vida humana con la naturaleza, para descubrir que nuestro futuro depende de la solidaridad y el reconocimiento gozoso de la unidad del mundo.

Esta pandemia, y fenómenos como el calentamiento global, patentizan que vivimos en una naturaleza que se resiste a ser totalizada como objeto inagotable desde las perspectivas depredadoras del sistema capitalista. La dualidad sujeto-objeto –arquetipo fundamental de la modernidad— hizo pensar que la naturaleza era un objeto disponible para la total manipulación por parte de los intereses humanos. La tecnología, expresión pura de poder, hizo olvidar que somos parte del mundo y que dicha dualidad no es más sino una simple abstracción que impide reconocer nuestro lugar dentro del Universo.

La riqueza humana radica en el reconocimiento de la conciencia dentro de un orden que inspira respeto. Dicho reconocimiento, en un contexto global, supone un diálogo intercivilizacional, en la cual diversas culturas intercambian perspectivas y encuentran, en su constitutivo apego a la naturaleza, criterios amplios para una concepción más amplia de la vida en común. Esa perspectiva nunca se puede reconocer, ni de lejos, en el modo individualista, depredador, enamorado del crecimiento infinito, con un horizonte de vida que llega hasta el siguiente reporte de ganancias.

Somos partes de un todo y el respeto que tenemos hacia nosotros debiera entenderse como consideración del Todo sin el cual no podemos vivir. Afortunadamente, estas visiones existen y se encuentran presentes en culturas que han aprendido lecciones que la arrogancia occidental ha olvidado. La visión del sujeto depredador supone el eclipse de visiones del mundo que, sin embargo, preservan perspectivas que van más allá de la obsesión manipuladora que distingue a la civilización capitalista, que tampoco es la suma total de las fuerzas espirituales de las culturas occidentales.

Con todo, la esperanza es uno de los atributos de las sociedades que han sido desplazadas de la historia. Por lo tanto, es posible encontrar en ellos nuevos medios y caminos para fomentar la humanidad que parece perdida. Esto supone una tarea espiritual, puesto que lo que está en juego es la misma relación con el mundo y del ser humano consigo mismo: es la tarea de re-ligar de las que nos hablan Leonardo Boff y Frei Betto, proceso necesario en épocas de crisis.

Nada se puede lograr si el ser humano no viaja de nuevo hacia el centro de sí mismo y descubre que la espiritualidad supone la emoción y el sentimiento, la conexión de sentido con el Universo. La vinculación muestra que el propio espíritu es el ámbito en el que se ubica el ser humano en el todo interdependiente que le da sentido al multiverso.

No podemos, tampoco, pensar que los cambios se impondrán por sí mismos. Es hora de elaborar una nueva praxis, plural pero unificadora. Y todas las contribuciones de esta nueva edición de nuestra Agenda apuntan en este sentido, sirven de necesario alimento para esa demanda de horizontes espirituales. Son propuestas para guiar nuestros pasos en un mundo que necesita una opción definitiva por la vida y la dignidad de la casa común.

Nota: Durante 29 años Don Pedro Casaldáliga, José María Vigil y la red de personas que han colaborado cada año con el milagro de la Agenda Latinoamericana, nos han permitido tener acceso a una herramienta que nos orienta y nos da pistas sobre cómo construir ese otro mundo que es posible, desde el pueblo y para el pueblo.

En el 30 aniversario de la Agenda Latinoamericana nos alegra mucho que el milagro siga siendo posible, gracias a una red de personas que ponen al servicio del pueblo latinoamericano y el mundo, sus habilidades y dones, su fuerza y espíritu, y por supuesto, gracias a ustedes que la esperan fielmente cada año … gracias por permitirnos decir una vez más que seguimos «al servicio de las grandes causas».